volver a página de accesoRamón Gómez de la Serna
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Ramón en el Ateneo
En dos ocasiones estuvo Ramón ligado al Ateneo:
Una primera, en el año 1908, cuando fue elegido secretario de la sección de literatura.
En esa época, Ramón todavía anda buscando su camino:
"Mientras me dedicaba a estas cosas tenía bien fijo lo que no quería ser, y esa concepción negativa y prescindidora de la propia vida tiene más importancia que el saber precisar la ambición que se tenga. Lo que más me ha valido para no equivocarme y no emborronarme, es mantener en mí lo que no he estado dispuesto a ser.
(...)
El Ateneo insistía con su tentación como un lugar de salvación, de respiro, de asueto máximo. Tenía algo de cámara literaria, y su biblioteca me parecía la cuadra ardiente de la inmortalidad ..."
Cuando es elegido decide utilizar el reglamento y escribir y leer una Memoria con sus sinceras ideas sobre la literatura.
La presidencia no permite que se lea y Ramón celebra una sesión en la que la lee y se discute:
"Sólo un catalán misterioso, de gran figura, ya hombre maduro, el doctor Farreras, me defendió y animó, y gracias a él conocí a otro disidente de los hombres, sus vanidades y su idiotez, que después fue magno amigo mío: Silverio Lanza."
En la tercera sesión se armó un guirigay y para la cuarta los bedeles se negaron a encender las luces del salón.
Ramón publicó el texto en el número 6 de Prometeo, con el título de El concepto de la nueva literatura.
La segunda fue en 1922, cuando Ramón, en el cenit de su popularidad y prestigio entre los círculos intelectuales, se vio integrando una candidatura en el puesto de secretario general.
"Yo iba a pura pérdida, pero me gustaba entrar en el secreto, en el fondo del escenario, ver la trama, el ensayo general."
Ramón participa en el bullicio del momento -es justo antes del golpe de Primo de Rivera quien, en acuerdo con el Rey Alfonso XIII, instauró la Dictadura-, se investigan las responsabilidades en la guerra de Marruecos, se organizan manifestaciones, se sale a la calle con un estandarte inventado por Ramón (lo cuenta en el capítulo L de su Automoribundia), se trabaja febrilmente:
"Confieso que en ese sentido me sirvió mucho y vi cómo se hincha el perro, cómo se alborota el mundo con algunas máquinas de escribir y mucho papel con membrete. ¡Pero qué caramba, en algún sitio se tienen que iniciar los vientos futuros, catastróficos o no!".